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viernes, 14 de enero de 2011

Pingullero

El pingullo lleva el sonido de los Andes, la pertenencia a la tierra, el suspiro de los abuelos. Pingulleros quedan pocos, pero quedan. Por suerte, algunos jóvenes siguen aprendiendo el arte de los abuelos. En las fiestas, los mamacos, los mamitas, los músicos mamas luchan a pérdida contra la ensordecedora música de las bandas o los discomóviles. Allí se quedan, en el centro del círculo de yumbos, danzantes, rucos, aruchicos, carishinas o archidonas tocando para ellos mismos, escuchando como el corazón se les acompasa en el tambor.

Hay quien dice que la música ancestral es un lamento, hay quien la desprecia por triste. No han escuchado cantar un pingullo, como hervor de sangre, como llamado a la vida, como un estremecimiento de la piel… es como si todo lo que ocultásemos detrás de nuestro disfraz de occidentales y cristianos se rebelara en un grito secreto.



La mayoría de mamacos tienen la edad grabada en las arrugas, en los rostros que nos recuerdan que nuestros abuelos se veían así, curtidos por el viento del páramo, de carnes sólidas y huesos frágiles. Silenciosos y permanentes como los nevados que los vieron nacer.

Estas melodías son como un golpe certero en la memoria, que nos remueven en lugares tan profundos que no atinamos a señalar la razón del azoramiento. Yupaichishkas convertidos en loas marianas:

Salve, salve Gran Señora,
salve Poderosa Madre,
salve Emperatriz del Cielo,
Hija del Eterno Padre.

jueves, 29 de enero de 2009

Otra entrada vanidosa...

Navegando por allí me encontré con un video que se filmó hace unos dos años, como parte del proyecto de la Corporación Metropolitana de Turismo, para promocionar la ciudad en el mundo. Los productores decidieron trabajar con Quito Eterno, el proyecto educativo de mis amores. Lastimosamente, en youtube solo se consigue la versión en inglés, pero las tomas son muy bonitas. Además podrán ver allí a algunos de los personajes de leyenda: el tallador, Manuela Sáenz, la princesa Quilago, la Torera... y a su servilleta, como el Supay... Y de yapa: algunos testimonios de personas valiosísimas que han dedicado su vida a conservar la memoria del patrimonio tangible e intangible de la ciudad. Algunos de ellos nos honran con su amistad y, en Quito Eterno, los consideramos nuestros maestros en esta aventura de descubrir quiénes mismo somos. Allí está doña Ximena Escudero, autoridad de la historia del arte quiteño; el doctor Julio Pazos, mi profesor de la universidad, poeta y experto en cocina tradicional (hace un rosero de lujo...); don Édgar Freire Rubio, librero de los que ya no hay y san roqueño de pura cepa... y la madre Michita, del monasterio de Santa Catalina de Siena, la monjita más entrañable de la ciudad, repleta de historias y guardiana del arte del convento...
Solo he subido una de las tres partes, para que se cargue rápido la página... igual pueden ver las otras dos ahí mismo. No se lo pierdan: a la distancia se me hace más hermosa la ciudad que voy aprendiendo a amar.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Don Alfredito

Las ciudades no serían nada sin los personajes que las habitan. Para mí es un honor conocer a algunos. Y quisiera hacer un peque homenaje, en mi blog, a una de las personas que más ha inspirado mi trabajo: el doctor Alfredo Costales. Es casi el abuelito sabio en Quito Eterno. Junto a su esposa, Piedad, a quien no tuvimos el honor de conocer, ha realizado un enorme trabajo de estudio y reflexión respecto a nuestra parte de ecuatorianidad que menos nos ha interesado conocer, por racismo y complejo: las culturas anteriores al incario. Desde la genealogía, o la lingüística, y viviendo media vida entre los archivos históricos del país, ha logrado construirnos una idea un poco más clara de esos orígenes...
Fuera de cualquier discusión que exista respecto a su forma de entender el pasado, Don Alfredo es un ejemplo de intelectual y de ecuatoriano... fuera de estupideces como himnos, escudos (¡el cuy en nuestro sagrado símbolo!), o banderitas, o soldaditos y guerritas...
Pues nada, ojalá algún día se pueda homenajear a este gran hombre con nuestro trabajo...



¡Ah! Y, porsiaca, el mural que está detrás fue pintado, en parte, por Diógenes Paredes...¡acho!