martes, 7 de octubre de 2008

Primeras observaciones de un viajero sorprendido

Cuesta acostumbrarse a un lugar extraño, pero cuesta aún más un lugar que no lo es del todo. Empecemos con las diferencias: acá los bancos no parecen bancos y los restaurantes no parecen restaurantes. Me explico: cuando entré en mi banco (porque ya tengo cuenta por estos lares) esperé encontrar ventanillas y colas, lo normal. Pero no, solo hallé escritorios y funcionarios detrás de ellos. Huelga decir que escapé espantado y, para tranquilizar los nervios, entré a un local que tenía pinta de ser muy local y que se anunciaba como restaurante. Nueva sorpresa: no existía en todo el lugar una mesa con sillas (lo que para mí hubiese sido lo obvio), sino una barra con banquitas ad hoc. Pero mi verdadera sorpresa es el sistema de abastecimiento: igual que en Italia, depende de donde te coloques para que cambien los precios de lo que consumes. Pues yo, ni tonto, me puse en la barra, que es más barato. Pero allí el problema es que tienes que pelearte por tu alimentación. Y eso es demasiado para un tranquilo y callado personaje andino. Pero bue, ya me estoy acostumbrando. Lo interesante es el folclor local, como ejemplo este restaurante de inequívoco sabor local:

Y, ahora, un famoso cantante españolísimo:

Salud y anarquía ibérica...

3 comentarios:

Robinson Viernes dijo...

no vas a extrañar ni el norteño ni las empanadas de viento

Alejo dijo...

Suerte allá por las Españas, Javier.

Esteban Crespo dijo...

Tienes razón. Cuando las diferencias son pequenas, todo se vuelve más incómodo. Suerte Javier!